Hay pocos acabados de pared tan reconocibles en España como el gotelé. Durante décadas estuvo presente en todo tipo de viviendas, desde pisos recién construidos hasta casas unifamiliares, y llegó a convertirse prácticamente en un estándar de la decoración doméstica. Su característica más peculiar es esa superficie granulada formada por pequeñas gotas de pintura, que puede tener un acabado más fino o más pronunciado dependiendo de la técnica utilizada.
Pero reducir el gotelé a una simple moda estética sería quedarse corto. Su éxito tuvo mucho que ver con sus ventajas prácticas. Al crear una superficie irregular, este acabado permite disimular pequeñas imperfecciones, desniveles o marcas que resultarían mucho más evidentes en una pared completamente lisa. En una época de enorme crecimiento de la construcción en España, esa cualidad hizo que se convirtiera en una solución muy extendida tanto en viviendas nuevas como en reformas.
La técnica tampoco consiste simplemente en «salpicar» pintura sobre una pared. El resultado depende de la preparación de la superficie, del tipo y la densidad del producto utilizado, de la herramienta y, sobre todo, de la experiencia de quien lo aplica. Conseguir una gota uniforme y un acabado homogéneo requiere controlar la cantidad de material, la presión y la distancia de aplicación, especialmente cuando se pretende reproducir un gotelé existente y evitar que se noten diferencias entre unas zonas y otras.
Su popularidad fue tal que durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX era difícil imaginar una vivienda nueva sin algún tipo de acabado texturizado en paredes y techos. Con el tiempo cambiaron las preferencias decorativas y las superficies lisas ganaron protagonismo, pero eso no significa que el gotelé haya dejado de tener utilidad. De hecho, sigue siendo una opción interesante cuando se busca resistencia, facilidad para disimular pequeñas imperfecciones o simplemente un acabado con una determinada textura.
Además, existen diferentes formas de aplicarlo y distintos grados de rugosidad, por lo que hablar de «gotelé» como si todos los acabados fueran iguales resulta engañoso. No tiene el mismo aspecto una gota muy fina que un acabado grueso y marcado, ni produce el mismo efecto visual una pared completamente cubierta que una aplicación más discreta.
Por eso, más que entender el gotelé como una técnica que pertenece exclusivamente a otra época, tiene más sentido verlo como una solución decorativa y funcional que tuvo un enorme éxito en España y que todavía puede encajar en determinados espacios. Su historia explica por qué se convirtió en una presencia tan habitual en nuestras casas, pero sus características técnicas ayudan a entender también por qué, décadas después, continúa utilizándose.
Qué es exactamente el gotelé y por qué funciona tan bien
El gotelé no es simplemente una pared con pintura rugosa. Es un acabado texturizado que se consigue proyectando o aplicando un material de cierta viscosidad sobre una superficie para crear un relieve de pequeñas gotas, cuyo tamaño y densidad pueden variar considerablemente. Dependiendo del sistema empleado, del producto y de la forma de aplicación, el resultado puede ir desde una textura muy fina, casi imperceptible a cierta distancia, hasta una gota gruesa y mucho más marcada.
La técnica puede realizarse con diferentes herramientas, aunque la proyección mediante pistola ha sido una de las formas más habituales. La presión, la distancia respecto a la pared, la cantidad de material y la propia consistencia de la mezcla influyen directamente en el acabado final. Por eso, conseguir que una superficie completa tenga una textura homogénea no consiste únicamente en cubrirla de producto: hay que mantener un patrón de aplicación constante para que las gotas no queden más grandes o más concentradas en unas zonas que en otras.
Y ahí está una de las razones por las que el gotelé tuvo tanto éxito. Su relieve tiene una función estética, pero también esconde pequeñas irregularidades que quedarían mucho más expuestas en una pared lisa. Juntas, poros, ligeros desniveles, reparaciones o imperfecciones propias del soporte pueden integrarse visualmente en la textura. Esto permite obtener un acabado uniforme sin exigir que la pared tenga una perfección absoluta antes de pintar.
También ofrece cierta versatilidad. No existe un único «gotelé»: puede jugarse con el tamaño de la gota, la cantidad de relieve o el tipo de acabado para conseguir superficies visualmente muy diferentes. Incluso cuando se trata de reparar una zona concreta, uno de los mayores retos consiste precisamente en reproducir la textura que ya existe, porque una gota ligeramente distinta puede hacer que el parche se aprecie aunque el color de la pintura sea idéntico.
Por eso, entender el gotelé únicamente como una forma de decorar una pared se queda corto. Es una técnica que combina apariencia, aplicación y una función práctica muy concreta, y esa mezcla explica mejor que ninguna tendencia pasajera por qué consiguió hacerse un hueco en tantas viviendas y por qué sigue siendo una opción válida cuando se busca un acabado texturizado.
Por qué el gotelé se puso tan de moda en España
Para entender el auge del gotelé hay que remontarse al contexto socioeconómico de España entre los años 60 y 80. Durante ese periodo, el país vivió uno de los movimientos migratorios internos más intensos de su historia, con un éxodo masivo de población desde el campo hacia las grandes ciudades industriales, impulsado por los planes de desarrollo económico de la época. Según recoge el propio Instituto Nacional de Estadística en sus anuarios históricos, las familias rurales que se trasladaron al medio urbano fueron las grandes protagonistas de ese movimiento migratorio entre 1950 y 1975, en un proceso ligado a la transformación de la producción agraria y al avance de la industrialización del país.
Ese fenómeno disparó la demanda de vivienda en las ciudades, dando lugar a una construcción masiva y acelerada de bloques de pisos, muchos de ellos levantados con presupuestos ajustados y plazos muy cortos. En ese contexto, el gotelé resultó una solución perfecta desde el punto de vista constructivo: permitía terminar interiores rápidamente, disimulando las inevitables imperfecciones de una obra hecha con prisa, a un coste bastante más bajo que un enlucido perfectamente liso. Lo que empezó siendo, en gran medida, una solución práctica y económica para la construcción masiva de vivienda, terminó convirtiéndose con los años en el acabado «de referencia» en la decoración de interiores españoles, hasta el punto de asociarse a la idea de un hogar moderno y bien terminado durante varias décadas.
A esto se sumó un factor puramente estético: en un momento en el que las paredes lisas y sin adornos podían resultar frías o poco trabajadas, el relieve del gotelé aportaba textura y un aspecto más «acabado» a simple vista, algo que encajaba bien con los gustos decorativos de la época, marcados por cierto gusto por lo recargado frente al minimalismo que llegaría muchas décadas después.
¿Por qué acabó cayendo en desuso?
El propio éxito del gotelé, tan extendido durante tanto tiempo, terminó jugando en su contra. Su asociación con las viviendas construidas entre los años 60 y 80 hizo que, con el paso de las décadas, empezara a percibirse como un símbolo de vivienda antigua y desfasada, justo cuando las tendencias decorativas empezaron a virar hacia superficies lisas, minimalistas y de líneas limpias. Reformar una casa y «quitar el gotelé» se convirtió, con el tiempo, en un paso casi obligado para modernizar cualquier vivienda antigua.
A este rechazo estético se sumó, además, un problema de salud que no se conocía en el momento de su mayor popularidad: durante los años 60, 70 y hasta bien entrados los 90, algunas marcas de pintura destinadas al gotelé incorporaban fibras de amianto entre sus componentes, aprovechando las propiedades ignífugas y aislantes de este material. El amianto es hoy un producto cuyo uso está prohibido en España, precisamente por su relación con enfermedades graves derivadas de la inhalación de sus fibras. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo recuerda que la normativa vigente, recogida en el Real Decreto 396/2006, establece que cualquier trabajo que implique riesgo de exposición a materiales con amianto debe ser realizado exclusivamente por empresas especializadas e inscritas en el Registro de Empresas con Riesgo por Amianto (RERA), precisamente para evitar la liberación incontrolada de fibras al retirar este tipo de materiales. Por este motivo, quien se plantee eliminar un gotelé antiguo en una vivienda construida antes de los años 90 debería, como primer paso, confirmar mediante análisis profesional si ese material podría contener amianto, en lugar de lijarlo o levantarlo por su cuenta.
Cómo se aplica el gotelé
Aplicar gotelé requiere bastante más que cubrir una pared con pintura y dejar una textura rugosa. El acabado se consigue proyectando sobre la superficie una pintura o pasta con una consistencia determinada, de manera que el material forme las pequeñas gotas que caracterizan esta técnica. El tamaño y la densidad de esas gotas pueden variar en función del resultado que se busque.
Una de las formas habituales de conseguirlo, tal y como señalan los profesionales de Airmac Compresores, es mediante una pistola conectada a un compresor de aire. La presión, la boquilla utilizada, la distancia entre la herramienta y la pared y la densidad del material influyen directamente en el resultado. Una pequeña variación en cualquiera de estos factores puede hacer que la gota sea más fina, más gruesa o quede más concentrada en determinadas zonas. Por eso, conseguir un acabado uniforme requiere cierta práctica y control durante toda la aplicación.
El gotelé y la historia de nuestros gustos: de acabado moderno a seña de identidad de otra época
La historia del gotelé dice bastante sobre cómo cambian nuestras ideas de lo que es una casa bonita. Durante los años en los que se popularizó, cubrir las paredes con esta textura no tenía nada de anticuado. Al contrario: era una forma práctica de conseguir un acabado uniforme, ocultar pequeñas imperfecciones y terminar una vivienda con rapidez. El mismo gotelé que hoy muchas personas identifican con las casas de sus padres o abuelos fue, en su momento, una solución perfectamente contemporánea.
Con el paso de las décadas cambiaron las técnicas de construcción, las posibilidades de los acabados y, por supuesto, las preferencias decorativas. Las paredes lisas empezaron a ganar terreno y la textura dejó de ocupar el lugar protagonista que había tenido durante años. Pero eso no convierte al gotelé en un error del pasado. Sigue teniendo unas características concretas que pueden resultar útiles y, sobre todo, forma parte de la historia reciente de la vivienda en España.
Quizá por eso merece la pena mirarlo con algo más de perspectiva. Los gustos decorativos nunca son tan permanentes como creemos. Lo que hoy asociamos con una casa moderna puede acabar pareciendo pasado de moda dentro de veinte años, igual que ocurrió antes con el gotelé. Y esa es precisamente una de las cosas más interesantes de este acabado: además de una técnica de pintura, se ha convertido en una pequeña pieza de la historia de cómo hemos construido, decorado y entendido nuestros hogares.